viernes, 19 de enero de 2007

Capitulo 3 - Un sobreviviente de tiempos de oro

La noche empezaba a caer en las montañas de la selva alta. Los pocos rayos de Sol que aun teñían las laderas de los cerros repletos de vegetación empezaban a replegarse, al igual que el paisaje comenzaba a cambiar mientras más se acercaba uno a la sierra.

El aire, escaso para un ser humano, lo era aun mas para un mono. Llevaba más de un día siguiendo el rastro al jeep de Pesadillo, en el cual iba prisionera su amada, la Mona Chita. Había sido un trayecto duro, hecho a pie de mono por partes, y colgado de lianas cuando las fuerzas juntadas se lo permitían. No había visto comida desde que, muy temprano el día del secuestro de la Mona, se comió tres bananas. El Mono Calato hubiera dado lo que sea por algo de alimento para poder continuar su persecución.

Cuando la oscuridad cayó por completo, el Mono se preparó para pasar la noche en aquél lugar. No podría seguir el rastro de huellas sin confundirse y terminar perdido y dando vueltas en círculos. Necesitaba, además, reponer sus monísticas energías. Estaba listo para dormirse cuando, no muy lejos, divisó una luz. Provenía de una especie de formación rocosa, imposible de identificar a esa distancia. El Mono Calato decidió investigar: podría no ser nada, pero valía la pena el intento.

Una vez que el Mono había trepado las colinas cercanas y se había acercado al pie del origen de la extraña luz, no cabía duda de lo que era aquella estructura: se trataba de una serie de ruinas incas, una antigua fortaleza de los tiempos dorados del Imperio Incaico, casi intacta. El Mono Calato entró por una pequeña abertura entre las piedras, intentando localizar la fuente de aquella extraña luz. Siguió por un corredor de piedra y llegó a un patio abierto, que seguramente tuvo alguna función ritual en la antigüedad de los incas. Fue entonces cuando la vio.

Primero pensó que era una alucinación, producto de su desesperación y la falta de sueño, pero una segunda mirada de mono confirmó las sospechas. En el centro del patio, al medio de una formación circular de enormes piedras, había una banana. Mono, como todo mono, quería banana, así que se acercó sin pensarlo mucho, guiado por sus monísticos instintos, a la fruta tan deseada, y la tomó entre sus manos de mono. Grave error. Segundos luego que el Mono tenía la banana en su poder, se pudo oír una voz clara y precisa en todo el recinto.

-¡Fichas de Resumen!

Las enormes piedras que rodeaban al Mono se cerraron sobre él, creando una prisión de la cual no era posible escapar.

-¡Ja ja ja! No pensabas que hojas de papel cortante era lo mejor que podía hacer, ¿o si?

Pesadillo salió de su escondite, junto con un séquito de guardias vestidos con armaduras muy antiguas. Los guardias esperaron a que las Fichas de Resumen, que tenían el poder de hacer que cualquier grupo de objetos encerraran a la víctima, perdieran su efecto, y luego tomaron al Mono Calato, que acababa de caer inconsciente, y lo llevaron a los calabozos de la fortaleza inca.



Cuando se despertó, el Mono no pudo recordar al instante lo que había sucedido. Luego empezaron a llegar de vuelta las memorias, y comprendió por qué estaba encerrado en un calabozo oscuro. No sabía si aun era de noche o ya era el día siguiente. No tenía idea de cuanto tiempo había permanecido encerrado en ese tenebroso lugar. Encontró, al lado suyo, la banana que había propiciado el desagradable incidente. Por culpa de esa fruta podría ser muy tarde para rescatar a la Mona Chita. No se la devoró: la guardo consigo por si, mas adelante, cuando la ira contra el objeto amarillo hubiera disminuido, le entraban ganas de comerla.

El Mono calato intentó romper los barrotes, deslizarse entre ellos, por debajo de ellos, pero nada funcionaba. Lo más seguro es que Pesadillo ya estuviera lejos, con la Mona Chita capturada, donde fuera imposible llegar a tiempo. Todo parecía perdido, pero el Mono no podía dejarse vencer tan fácilmente.

Una sombra se acerco a la celda en la cual estaba encerrado el Mono Calato, y lo llamó con un silbido. El Mono no podía distinguir la figura en la oscuridad, así que no era capaz de definir si era alguno de los secuaces de Pesadillo o alguien más.

-Mono…Oye, Mono. ¿Me escuchas?

El Mono Calato se acercó a los barrotes para poder oír bien a la figura que lo llamaba en la oscuridad.

-¿Quién eres?

-Eso no importa ahora- le respondió la misteriosa figura –Voy a ayudarte a salir de tu encierro.

El Mono desconfiaba del extraño visitante, pero no tenía nada que perder. Decidió escuchar lo que tenía que decir.

-¿Cómo piensas sacarme de aquí?

-Voltéate hacia la pared de piedra que está detrás de ti. Cuenta cinco piedras desde la pared de la izquierda y siete piedras desde el piso. Vas a ver una piedra que es un poco más chica que el resto.

-Sí, la veo. ¿Qué hago ahora?

-Empújala ligeramente, sólo unos cuantos centímetros.

El Mono hizo lo que la figura misteriosa le señaló. La piedra se deslizó hacia dentro unos cuantos centímetros, y se pudo oír un leve chasquido.

-Ahora, acércate a los barrotes.
El Mono volvió a los barrotes de metal de la celda, pero no pudo distinguir nada diferente. El hombre desconocido le señaló uno de ellos, el segundo de la derecha.

-Este barrote debería salir sin mucha fuerza, ahora que has accionado el mecanismo de la pared. Intenta retirarlo.

El Mono empujó el barrote hacia afuera, pero nada sucedía. Luego probó jalándolo hacia su propio cuerpo. El pedazo de metal se desprendió de sus soportes y cayó dentro de la húmeda celda.

-Muy bien, ahora sígueme. No tenemos mucho tiempo, ya es de día.

El Mono Calato asintió y salió de la celda por el espacio abierto entre la puerta de la reja de metal. Esta muy confundido. ¿Cómo sabía el extraño individuo la manera de escapar de la celda? Podía ser una trampa, pero decidió seguirle el juego por el momento.

Avanzaron por algunos minutos entre los pasadizos cercanos al calabozo, hasta llegar a un cuarto sin salida. El Mono estaba apunto de preguntar qué iban a hacer en ese lugar, cuando el desconocido empezó a palpar una loza de piedra del suelo. Con un ligero forcejeo, logró removerla, revelando una escalerilla que descendía a un nivel inferior de la fortaleza.

-Ven, sígueme. Iremos por pasajes secretos que nadie conoce.

La oscuridad era completa en aquellos pasadizos, pero al menos parecían ser seguros, al menos más que los patios y claustros del nivel superior, donde podían quedar algunos guardias de Pesadillo.

-¿Los secuaces de Pesadillo no conocen estos pasajes? –preguntó el Mono.

-Esos hombres con armaduras antiguas y yelmos medievales no son lacayos de Pesadillo. Esos soldados obedecen a alguien más.

-¿A quién?- preguntó el Mono, que ya no parecía entender más. Pensaba que Pesadillo era el único problema con el cual habría que lidiar.

-Son soldados españoles de la Conquista. En su tiempo, valientes hidalgos con ansias de oro, poder y fama, siempre en ese orden. Ahora son simples títeres, marionetas sin voluntad, esclavos de Vallegusta.

-¿Vallegusta? ¿Quién es ella?

-Alguien que me persigue hace mucho tiempo, por ser el último de mi especie.

-¿El último de tu especie?

-No hay tiempo para explicar eso ahora –le contestó el desconocido, que había empezado a palpar las paredes hacía ya unos cuantos metros, seguro en búsqueda de otro mecanismo incaico –Ahora lo que tenemos que hacer es escapar. En cuanto encuentre donde estaba la piedra que… listo. La encontré.

El desconocido accionó la piedra y una pared se deslizó ante ellos, dejando a la vista unas escaleras por las que se asomaba la luz del día. Habían llegado a las afueras de las ruinas incaicas.
El Mono Calato, sin poder contener más tiempo su duda, decidió preguntarle al desconocido cómo sabía tanto sobre ese lugar. La respuesta del hombre misterioso lo dejó aún más perplejo que antes.

-Se todo sobre este lugar, porque yo lo construí hace siglos.

...

El Mono Calato y el desconocido salieron a la superficie, luego de muchas horas bajo tierra. Bajo la plena luz del día, el Mono Calato pudo por fin ver con claridad a su misterioso acompañante. Era un hombre vestido con un manto incaico y con una corona de plumas en la cabeza. El Mono apenas podía ver luego de tan violenta exposición a los rayos solares, pero el desconocido parecía no tener problemas.

-Vamos, si nos apuramos tal vez consigamos llegar al…

El desconocido fue interrumpido por una legión de soldados como los que el Mono había visto la noche anterior. Aparentemente, habían estado esperando a que los dos salieran por esa abertura en la tierra. Los soldados rodearon a los dos compañeros y esperaron a que Pesadillo llegara de la fortaleza. Sin embargo, no estaba solo: una mujer vestida con ropas españolas antiguas y con una armadura ligera iba con él.

-Es Vallegusta…la mujer de la que te hablé –le dijo en voz baja el desconocido al Mono.

Vallegusta y Pesadillo se colocaron frente a los dos rodeados compañeros. No había forma de que éstos escaparan ahora.

-¡Ja ja ja! Por fin, ya no pueden escapar. Mi maestra me recompensará muy bien a mí, Pesadillo, por haber capturado a la Mona Chita. ¡Pero ahora no solo tengo en mi poder a la única mona que habla, si no que también tengo ante mi al último de los kurakas!

El Mono Calato volteó a ver a su compañero y entendió que era a él a quien Pesadillo se refería como último de los kurakas.

-Ya no hay nada que puedas hacer para escapar de mí, Kuraka –le dijo Vallegusta, la misteriosa nueva aliada de Pesadillo – ¡Por fin eres mío!

Entonces el Kuraka se volteó a ver al Mono Calato y le habló en voz baja para que sólo él lo escuchara.

-Tápate los ojos, y no los vayas a abrir por nada.

Una vez que el Mono se había cubierto los ojos, el Kuraka se llevo las manos a su manto y se lo quitó de un tirón.

-¡Ja ja ja! ¿Crees que quitándote la ropa vas a escapar, Kuraka? ¿Quieres estar calato como tu compañero?

El Kuraka miró a Pesadillo con burla y, acto seguido, se bajó los pantalones. Un increíblemente brillante y enceguecedor resplandor inundó inmediatamente todo el lugar, volviendo temporalmente ciegos a todos los soldados de Vallegusta, a ella misma y a Pesadillo. Los guardias no podían abrir los ojos ante tal brillantez.

-¿Qué…es…eso? –decía uno.

-Es…tan…brillante –exclamaba otro.

Entonces el Kuraka resolvió sus dudas.

-¡Es el Tumi de Oro!

Se volvió a subir los pantalones, se colocó su manto incaico, y le dijo al Mono que ya se podía destapar los ojos.

-¡Vamos, Mono! ¡Aprovechemos que están ciegos temporalmente, y escapemos!

Dejando atrás a los soldados, a Vallegusta y a Pesadillo, el Kuraka y el Mono Calato escaparon por entre los caminos de las montañas. Llegaron hasta otra apertura en las montañas, muy bien camuflada, e ingresaron.

-Por estos caminos llegaremos a la sierra en muy poco tiempo -le dijo el Kuraka a su nuevo y desnudo compañero.

Cerraron la camuflada entrada los pasajes y desaparecieron en la densa oscuridad.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

jajajajaja tumi de oro dice!!! jajajaja oie no ah d verdad ta divertida la historia! pero ya pee!! mas apariciones d la granja show!! jaja xD

VaRon dijo...

jaja io pense que pesadillo se burlaba de otra cosa y era el tumi jajaja!!!! naa ta piola...
y pa la señorita de arriba u_U naa d granja show...es de las 5c's no mas jajaja na mentira clau una broma pe!!!!(k)

Anónimo dijo...

JAJAJAJJAAJAJAJAJAJAJAJAJA

Tumi de oro o.o


Muy bueno!!!