lunes, 10 de septiembre de 2007

Capitulo 15 - El Guerrero Dorado: Tuminae Animate


El brillo de la luna se reflejó en las cincuenta espadas de acero de la Guardia Española de Vallegusta.

-¡Son diez para cada uno! –anunció el Mono Calato a sus compañeros, luego de lo cual empezó a correr hacia las huestes españolas. El Chico de Madera apuntó su pecho hacia el cielo en un ángulo de 45 grados hacia la Guardia Española y utilizó su técnica especial.

-¡Ataque Furioso de la Astilla Pilla!

Las astillas se elevaron hacia el cielo, dibujando un arco perfecto, para luego caer con una enorme aceleración e increíble velocidad sobre los soldados españoles. La voleada de astillas fue repelida por los escudos de la Guardia Española, pero algunas lograron atravesar su defensa y herir a los soldados.

-¡Cuidado Varón! ¡Detrás de ti! –le advirtió el Mono Calato a su compañero, que estaba reposando de sus críticas heridas bajo la sombra de un árbol, casi inconsciente.

-¡Eructo Wii!

Escudos, espadas y soldados volaron por los aires con la fuerza de más de mil Don Isaac Diets almacenada en las entrañas del Gordo. Los cinco soldados que habían ido a atacar al malherido Varón cayeron, desmayados, varios metros más atrás.

-¡Persíganlos! ¡Rodéenlos! ¡Mantengan sus escudos arriba! –ordenaba Vallegusta a sus hombres.

El Mono Calato esquivaba los golpes de escudo y las espadas de los soldados españoles, los cuales habían sido entrenados durante siglos para cazar incas y kurakas más no monos desnudos. El Mono, utilizando su cola, logró quitarle su espada a uno de los soldados, y empezó a combatir con los demás de igual a igual.

-Kuraka, ¡ve por Vallegusta! –le gritó el Chico de Madera a su compañero, el cual acaba de librarse de dos soldados españoles gracias a su manto inca.

-¡Ataque Furioso de la Astilla Pilla!

-¡Eructo Wii!

El Kuraka asintió, y empezó a buscar con la mirada a Vallegusta, entre el caos de astillas voladoras y soldados españoles derrumbándose ante las ondas del Gordo. Al fin, puedo ver la espada más larga, más brillante, más amenazadora: Vallegusta estaba frente a él, a pocos metros, dando órdenes.

-¡Vallegusta! –dijo el Kuraka, dirigiéndose a la malvada secuaz de la UPK – ¡Es hora de terminar lo que empezamos en la Conquista!

-¡Con mucho gusto, Kuraka! –le respondió Vallegusta, preparando su espada de acero español inoxidable.

-¡Cuidado, Kuraka! –le gritó el Mono a su compañero, para que esquivara al soldado español que volaba por los aires directamente hacia él.

-¡Ya vamos quince! –dijo, animado, el Chico de Madera, que blandía dos espadas de acero a la vez contra las huestes españolas, que lo tenían casi rodeado.

-¡No dejen que les quiten sus espadas! –ordenaba Vallegusta a sus hombres.

El Gordo había logrado quitarle una espada a un soldado español luego de derrumbarlo con el Eructo Wii, y trataba de defenderse de cuatro a la vez. Sin embargo, su gran circunferencia lo hacía un blanco fácil para los ataques y las estocadas. En un descuido, un soldado español logró hacerle un corte superficial en la pierna, a lo cual el Gordo se agachó para tocarse la herida.

-¡Cuidado, Gordo! ¡Muévete! –le advirtió el Chico de Madera a su redondo compañero, pero era muy tarde: un golpe de escudo le cayó de lleno al Gordo en la cara, rompiendo en pedazos sus anteojos.

-¡No puedo ver sin lentes! –gritaba el Gordo, desesperado, mientras los soldados españoles lo empujaban al suelo y empezaban a patearlo.

-¡Gordo! –gritó el Mono Calato, luego de lo cual emprendió la carrera para salvar a su compañero, cometiendo el error de dar la espalda a sus asaltantes. Un soldado español pisó rápidamente la cola del Mono con mucha fuerza, haciendo que el monástico individuo se tropezara y cayera al suelo. El Mono Calato fue rápidamente rodeado por varios soldados españoles.

-¡No! –gritó el Chico de Madera, y retrocedió lo más que pudo para tener el alcance suficiente para desplegar sus astillas con el mayor efecto. Sin embargo, Vallegusta fue más rápida que él: una daga voladora lanzada por la secuaz maligna atravesó por completo su pierna derecha, causándole una fractura en el maderero anterior y una aceitorragia interna.

-¡Rodéenlos! ¡Rodéenlos a todos! –ordenaba Vallegusta a sus hombres, que ya se habían desplegado para tomar prisioneros al Mono, al Chico de Madera, al Gordo y al malherido Varón.

-Kuraka… -murmuraba el Varón, afligido por las costillas rotas y las magulladuras, viendo a su compañero que era rodeado por veinte soldados españoles en un círculo, con Vallegusta al frente.

-¡Déjalos! ¡Están heridos! –le gritó el Kuraka a Vallegusta, quien se reía a carcajadas en su cara.

-¡Jajajaja! Kuraka, no tienes idea lo mucho que he estado esperando este momento –dijo Vallegusta, alistando su espada de acero -¡Que nadie intervenga! Esto es entre él y yo.

Vallegusta empezó a avanzar al centro del círculo formado por la Guardia Española, en el medio del cual se encontraba el Kuraka.

-¡Ni siquiera intentes usar el Tumi, porque creo que ya sabes lo que tengo aquí –dijo Vallegusta al Kuraka, señalando el bolsillo por el cual asomaban un par de lentes de sol con protección anti-eclipses.

El Kuraka sabía que Vallegusta tenía razón: el Tumi de Oro no serviría de nada en la batalla. Solo le quedaba tratar de vencerla en una lucha cuerpo a cuerpo.

-No pensé tener que utilizar esto como una simple arma –dijo el Kuraka, mientras llevaba una mano dentro de su manto inca –pero creo que no tengo otra opción.

De pronto, y ante la sorpresa de todos, el Kuraka sacó un cetro dorado, con la figura de un sol en el extremo superior, de dentro de su manto inca.

-¿Tenías un cetro? –le preguntó a su compañero, asombrado, el Chico de Madera.

-¡¿Por qué no lo has usado hasta ahora?! –se desesperaba el Mono Calato.

-¡Este no es cualquier cetro! –explicó a sus compañeros el Kuraka – ¡Este es el mismo cetro que utilizó Manco Cápac para fundar el Cuzco!

-¡¿Qué?! ¿El Cetro de los Incas? –preguntó, sin poder creer lo que oía, Vallegusta.

-Este cetro fue un regalo del dios Viracocha, cuando me hizo jurar que vengaría la muerte de todos los kurakas. Siempre pensé que tenía un poder secreto y escondido, y que tendría que descubrir la forma de utilizarlo.

-¡Quizás solo sea un cetro común y corriente! –opinó el Mono Calato.

-¡No digas tonterías, desnudo! –lo cayó Vallegusta, alterada – ¡El Cetro de los Incas es una leyenda antigua y verídica! ¡Que el inútil del Kuraka no sepa como activar los poderes secretos de tal reliquia sagrada no quiere decir que estos no existan! Una vez que te haya eliminado, ¡yo seré la propietaria del Cetro!

-¡Nunca te dejaré tenerlo, usurpadora! –le gritó, enfurecido, el Kuraka.

-No era una solicitud, Kuraka –dijo Vallegusta, blandiendo su espada de acero inoxidable, y empezando a avanzar hacia el incaico individuo -¡Prepárate a morir!

Vallegusta corrió, con espada en mano, hasta el Kuraka, quien tenía el cetro listo para repeler el ataque. Los dos objetos metálicos colisionaron con un desgarrador chillido, y el Kuraka y Vallegusta empezaron a pelear. Los soldados de la Guardia Española no hacían más que observar cómo Vallegusta blandía poderosos golpes y estocadas con su espada, mientras el Kuraka se defendía hábilmente con el Cetro de los Incas.

-¡Vamos Kuraka! ¡Tú puedes! –animaba a su compañero el Chico de Madera, quien seguía rodeado e indefenso, al igual que los otros cuánticos.

Ahora era el Kuraka quien atacaba a Vallegusta con su cetro, tratando de golpearla, pero la conquistadora española era una experta en esgrima, y los ataques del Kuraka no le resultaban muy difíciles de bloquear.

-¿Esto es todo lo que puedes hacer, Kuraka? –se burlaba Vallegusta, sin perder la concentración del duelo.

El Kuraka empezaba a cansarse, y Vallegusta volvió a tomar la ofensiva. En vez de intentar herir a su oponente mediante estocadas, empezó a lanzar potentes golpes contra el cetro del Kuraka, tratando de derribarlo o desarmarlo. Finalmente, un golpe directo contra el extremo inferior del Cetro de los Incas causó que este se desprendiera de las manos del Kuraka, y cayera, lejos, al suelo. En una serie de movimientos precisos y rápidos, Vallegusta le propinó una patada en la cara al desarmado Kuraka, aturdiéndolo por unos instantes, colocó su espada de forma horizontal, y, de un tajo, cortó el manto inca y los pantalones del Kuraka, los cuales cayeron al suelo. Un resplandor deslumbrante, proveniente del ahora expuesto Tumi de Oro, invadió los patios de la UPK.

-¡Pónganse sus lentes de sol! –ordenó Vallegusta a sus soldados españoles, los cuales la obedecieron al instante. Todo había sucedido muy rápido: Vallegusta y la Guardia Española tenían puestos todos sus lentes de protección anti-eclipses, y el Kuraka yacía inmóvil por la impresión. Vallegusta tomó su espada, y se preparó a descargar toda la furia de su ataque contra el Tumi de Oro.

-¡Esto es por la humillación que me hiciste pasar en las montañas! –dijo Vallegusta, luego de lo cual levantó su espada y empezó a bajarla velozmente hacia el Tumi -¡Dile adiós a tu Tumi de Oro!

-¡Eructo Wii!

La espada de Vallegusta salió volando de sus manos pocos centímetros antes de llegar a su objetivo.

-¡GRACIAS GORDO! –le agradeció, energéticamente, el Kuraka a su compañero.

El Gordo había encontrado un par de lentes de repuesto en su bolsillo, y había esperado el momento adecuado para ponérselos y actuar. Rápidamente, rodó y embistió a los guardias que lo tenían rodeado, le quitó una espada a uno, y se la lanzó al Kuraka, cuidando de no mirar directamente al Tumi para no quedar temporalmente ciego. Antes que pudiera hacer otra cosa, diez soldados españoles se lanzaron sobre el Gordo y lo inmovilizaron por completo, mientras uno de ellos ponía su espada en su cuello.

-¡No! ¡Déjenlo! –gritó el Mono Calato, al ver cómo amenazaban a su redondo compañero.

-¡Así aprenderá a quedarse quieto! –gritó Vallegusta, mientras caminaba hacia uno de sus hombres -¡Dame tu espada! ¡Ya me cansé de este juego!

Vallegusta tomó la espada que el guardia español le dio y volvió a caminar hacia donde estaba el Kuraka.

-Esta vez nadie va a rescatarte –lo amenazó Vallegusta.

El Kuraka estaba listo para enfrentarse a Vallegusta, con la espada en mano, cuando vio algo extraño. A pocos metros, en suelo, el Cetro de los Incas parecía llamarlo. La figura del sol brillaba con una intensidad que el Kuraka nunca había visto, y que los demás parecían no notar. El tiempo parecía haberse detenido: Vallegusta, con su espada lista, seguía en la misma posición; los soldados españoles tenían las miradas perdidas en el vacío, sin hacer un solo movimiento; el Mono, el Chico de Madera, el Gordo y el Varón parecían estatuas sin vida.

-¿Qué está sucediendo? –se preguntaba el Kuraka, pero nadie le respondía.

Caminó hacia el cetro, y lo recogió. La figura del sol parecía tener un rostro, y era un rostro que el Kuraka ya había visto antes. Era el mismo que, siglos atrás, le dio la misión de venganza que hasta el día de hoy lo atormentaba. Era el mismo que, hace tanto tiempo, le entregó como regalo el Tumi de Oro y el Cetro de los Incas. El rostro que el Kuraka veía en el cetro no era otro sino el del Dios Viracocha.

-¿Cómo es esto posible? –preguntó el Kuraka al dios representado en el cetro.

-Kuraka, has logrado llegar muy lejos en tu misión encomendada, y ha llegado el momento en que debes liberar el poder completo de mi regalo más preciado.

-¿El Cetro de los Incas? –preguntó, confundido, el Kuraka.

-El Cetro no es más que un medio de comunicación conmigo, como lo estás experimentando ahora. Mi regalo más preciado es aquel que has sabido usar tan solo a medias: el Tumi de Oro. Debes entender que el poder de deslumbrar a tus enemigos, y de iluminar los sitios más oscuros de este mundo, no son más que características, rasgos natos del Tumi de Oro. Su verdadero poder, ah, ese aún no lo has utilizado. Pero hoy lo harás.

-¿Cómo puedo liberar el poder del Tumi? –preguntó el Kuraka a Viracocha.

-Cuando tu enemigo esté cerca, déjate llevar por el poder de los antiguos ancestros sagrados. Ellos te guiarán y, antes que te des cuenta, el poder completo del Tumi de Oro será liberado. Debes confiar y dejarte llevar, sólo así el Tumi de Oro cobrará vida y actuará para cumplir tu misión encomendada siglos atrás.

El Kuraka asintió, soltó su espada, y tomó el Cetro de los Incas con ambas manos, listo a cumplir con su misión ancestral. El rostro de Viracocha desapareció, y el tiempo volvió a su curso natural. La Guardia Española esperaba ansiosa ver la confrontación final entre su ama, Vallegusta, y el último de los Kurakas.

-¡Kuraka! –bramó el Mono Calato, al ver que su compañero había soltado la espada que el Gordo le había lanzado – ¿Qué dámier estás haciendo?

-Mi destino… -respondió el Kuraka, preparado – Por fin, después de tantos siglos, estoy listo.

-¡Jajajaja! Creo que la conmoción de casi perder algo tan preciado te ha hecho perder la razón –se burlaba Vallegusta, con la espada en mano –Es una lástima, Kuraka, pero creo que ha llegado la hora. ¡Prepárate!

Vallegusta empezó a correr hacia el Kuraka, la espada en alto, lista para dar el golpe final contra su desarmado e indefenso oponente. El Kuraka sostenía el Cetro de los Incas con su mano derecha, pero lo tenía extendido hacia un costado. No iba a tratar de bloquear el ataque de Vallegusta.

-¡Kuraka! ¡¿Qué haces?! –le gritaba el Gordo a su compañero, al ver como Vallegusta se iba acercando cada vez más, y que el Kuraka tenía los ojos cerrados, como esperando el golpe mortal.

-Lo va a utilizar… -se dijo el Chico de Madera, como para si mismo – ¡Va utilizar su Poder Cuántico!

El Kuraka seguía con los brazos abiertos y con los ojos cerrados, y el Tumi de Oro expuesto, esperando que Vallegusta descargara su ataque.

-¡Muere, Kuraka! –gritó Vallegusta cuando, finalmente, llegó donde su enemigo, y empezó a descargar el poder de su espada.

-¡Ahora! –gritó de pronto el Kuraka, abriendo los ojos violentamente, y en ese instante el resplandor del Tumi de Oro se incrementó diez veces más – ¡Tuminae Animate!

La espada de Vallegusta se detuvo en al aire, como bloqueada por una fuerza invisible y poderosa. El Tumi de Oro brillaba con una intensidad indescriptible cuando, sorprendiendo a todos, empezó a crecer.

-¿Qué dámier…? –decía el Mono Calato, anonadado por lo que estaba viendo.

El Tumi de Oro, envuelto por completo en un resplandor enceguecedor, creció más y más, hasta que alcanzó el tamaño de un edificio de cinco pisos. Fue entonces que, para sorpresa de todos los presentes, el Tumi se desprendió del Kuraka. El gigantesco objeto era ahora una entidad independiente, y Vallegusta y sus hombres pudieron distinguir un par de brazos y piernas doradas entre la luminosidad.

-¡No! ¡¿Qué es eso?! ¡¿Qué está pasando?! –decía, asustada, Vallegusta.

De pronto, el resplandor de luz disminuyó, dejando ver a la enorme figura que se encontraba de pie frente a la Guardia Española. Era un Guerrero Tumi, tan alto como el edificio de la Macultad de Experimentaciones.

-¡Increíble! –exclamaron, a la vez, el Mono, el Gordo y el Chico de Madera. El Varón seguía inconsciente.

El Guerrero Tumi empezó a caminar hacia Vallegusta y sus soldados, haciendo temblar el suelo con sus fuertes pisadas. Estiraba sus dorados brazos, como ejercitándose luego de un largo sueño.

-¡Kuraka! ¡¿Qué demonios…?! ¡No puede ser el Tumi! –decía, incrédula, Vallegusta.

El Kuraka yacía de rodillas en el suelo, con el Cetro de los Incas en una mano, incapaz de creer lo que veía. El Tumi de Oro se había desprendido, había crecido hasta convertirse en un guerrero gigante, y ahora avanzaba hacia la Guardia Española.

-Es el… Tuminae Animate… -dijo, como en trance, el Kuraka.

Los soldados españoles que tenían prisioneros al Mono, al Gordo, al Chico de Madera y al Varón corrieron a colocarse delante de Vallegusta, para protegerla.

-¡¿Qué dámier es un Tuminae Animate?! –preguntó, a su compañero, el Mono Calato, que ahora estaba libre de sus opresores.

-Es un nombre en latín… -explicó el Chico de Madera a su desnudo compañero cuántico – Quiere decir “Tumi Animado”, o “Tumi Vivo”.

Ciertamente, el Guerrero Tumi que avanzaba hacia Vallegusta y sus hombres estaba vivo, y en sus pupilas doradas se podían ver una furia y un odio espeluznantes.

-¡No! ¡Kuraka! –empezó a gritar Vallegusta, desesperada – ¡Aleja a esa cosa de mí!

El Guerrero Tumi se detuvo a algunos metros de Vallegusta y de sus hombres, y miró hacia abajo, donde la secuaz temblaba de miedo.

-¡Vallegusta! –empezó a decir el Guerrero Tumi – Por siglos has cazado sin piedad al último de los Kurakas, como si participar en la aniquilación sistemática del Ayllu no hubiese sido suficiente.

-¿Puede…hablar? –se preguntaba, anonadado, el Chico de Madera, al ver al gigantesco Tuminae Animate dirigirse a Vallegusta.

-Es hora que pagues por tus crímenes, conquistadora –sentenció el Guerrero Tumi, mientras Vallegusta se aferraba a su espada y su escudo, como si eso fuera a defenderla de un tumi de veinte metros de altura.

-¡No! ¡Nunca! –gritó Vallegusta, y corrió hacia las piernas del Guerrero Tumi, tratando de herirlo con su espada. El Tuminae Animate, al ver al insignificante punto que corría hacia él, pateó a Vallegusta, destrozando su armadura y haciéndola estrellarse contra la pared de la Macultad, varios metros atrás.

-¡Es increíble! –exclamó, sorprendido, el Mono Calato.

-Mal…di…to… -dijo, con dificultad, Vallegusta, levantándose del suelo. El sonido de sus huesos rotos resonaba en los patios de la UPK.

-Ha llegado el momento de tu final, Vallegusta –dijo el Guerrero Tumi, luego de lo cual alzó sus brazos hacia el cielo - ¡Nunca más esta tierra sagrada sufrirá las consecuencias de tu maligna presencia!

El Kuraka y el resto de las 5 C continuaban viendo la escena boquiabiertos, mientras el gigantesco Guerrero Tumi iluminaba los patios en la oscuridad de la noche. Vallegusta, al igual que sus hombres, temblaba de miedo.

-¡Que los espíritus de todos los kurakas asesinados por tu mano te torturen por siempre en el mas allá! –dijo el Guerrero Tumi, con su enorme voz, y todo su cuerpo empezó a brillar con aun más potencia, antes de utilizar toda su fuerza en el golpe final – ¡La Furia del Tuminae Animate!

-¡¡NO!! –gritó Vallegusta con todas sus fuerzas, mientras veía el gigantesco rayo de energía que se dirigía directamente hacia ella. -¡NO ES POS….!

La energía del Guerrero Tumi impactó en Vallegusta y sus hombres, desintegrándolos por completo en una magnífica e inmensa explosión que iluminó la ciudad entera. Los cinco cuánticos compañeros no pudieron hacer más que cubrirse los ojos ante el intenso resplandor, que duró varios segundos.

-¡Lo logró! ¡El Tumi lo logró! –exclamaba, emocionado, el Varón, que había recobrado el conocimiento.

Lentamente, el Kuraka vio como el Guerrero Tumi volteó hacia ellos, les sonrió, y luego empezó a disminuir en tamaño nuevamente. El Tumi de Oro, brillante, volvió a su tamaño normal, y se unió de nuevo al Kuraka.

-¡Que poder más… cuántico! –dijo, aun sorprendido por todo lo sucedido, el Gordo.

El Kuraka se subió los pantalones cortados por Vallegusta, y se los ató como pudo.

-Vallegusta… Luego de tantos siglos, por fin te he derrotado.

-¡Miren! –dijo el Mono Calato a sus compañeros, señalando un objeto metálico que brillaba bajo la luz de la luna, en el cráter formado por la explosión – ¿Qué es eso?

Los cinco compañeros se apresuraron a llegar al borde del cráter, dentro del cual pudieron ver una larga espada de acero inoxidable.

-¡Es la espada de Vallegusta! –dijo el Mono Calato, reconociendo el arma de la difunta secuaz – ¿Cómo habrá resistido a la explosión?

El Kuraka bajó hasta donde se encontraba la espada, y la trajo consigo.

-Parece estar echa de un acero muy resistente… -opinó, analizando el arma, el Gordo.

-¡Mira, Kuraka! –dijo el Varón, señalando la parte posterior de la espada – ¡Tiene una inscripción!

El Kuraka volteó la hoja de la espada, y leyó lo que estaba grabado en ella.

-“Con amor, de tu hermana Vallegracia”.

-¿Vallegracia? –preguntó, confundido, el Mono Calato.

-Kuraka, ¿tu sabías que Vallegusta tenía una hermana? –preguntó a su compañero el Chico de Madera.

-No tenía idea… -dijo el Kuraka, algo perturbado por el descubrimiento, y guardó la espada dentro de su manto inca.

-¡Vamos, no tenemos tiempo que perder! –apuró a sus amigos el Mono Calato – ¡La Mona Chita, Sor S. y Miss Bernaola están allí dentro!

El Varón, el Kuraka, el Chico de Madera y el Gordo miraron hacia donde el Mono señalaba. La puerta de la Macultad de Experimentaciones estaba abierta justo delante de ellos.

-Muy bien, Gordicia –empezó a decir el Varón, con nuevas energías – ¡Prepárate, porque aquí van las 5 C!

Los cinco compañeros cuánticos se adentraron en el gigantesco edificio. La batalla final contra Gordicia estaba muy cerca.


3 comentarios:

Anónimo dijo...

JAJAJJAJAJ VALLEGRACIA!!!1 XDDDD jaaa muy bueno, cuanta violencia caramba, estos chicos de ahora u_u xD jajaa xD ta bien ta bien otro otro! =p Me voy a estudiar que tengo controooooooooooooooooool

Anónimo dijo...

Dios!!! k imaginación?? k maleado el kuraka con su tumi de oro...no se lo imaginan? primero se baja el pantalón..luego saca "el tumi de oro" y de pronto el tumi crece crece crece !!! horror!!!esas narraciones son con segunda ahh..:P pero gracias a wirachocha el afortunado y bien dotado kuraka no pue partido en dos por vallegusta..es decir ...no fue separado de su preciado tumi xD

ahora...supongo k vallegracia es un amor!!...viva magra!!

Dormilia!!

Anónimo dijo...

ia kiero saber kien es Vallegracia U.U ... pero demasiada imaginacion ... jajajaja ... ta muy wena xD!